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Enrique Delgado Castro

Enrique Delgado Castro


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Enrique Delgado Castro nació en España en 1907. Miembro del Partido Comunista (PCE) y se convirtió en director general del Instituto de Reforma Agraria.

Tras el estallido de la Guerra Civil Española, Castro se convirtió en comandante del Quinto Regimiento del Ejército Republicano. Castro murió en 1963.


Enrique Castro Delgado: la verdad sobre el «paraíso socialista»

Enrique Castro Delgado en 1937

Recomendamos en esta ocasión la lectura de dos libros manifiestamente testimoniales escritos en su día por Enrique Castro Delgado, quien fuera fundador el 19 de Julio de 1936 del conocido Quinto Regimiento, unidad de reclutamiento y formación de cuadros militares y políticos del PCE, y posteriormente durante toda la contienda española jefe del Comisariado Político de la zona frentepopulista a él se debe, y no lo oculta, la matanza a sangre fría de los militares sublevados que se rindieron al fracasar el Alzamiento en el Cuartel de la Montaña de Madrid, a los cuales mandó asesinar, según el mismo confiesa con la célebre frase, que tampoco esconde «Matarmatar, seguir matando, hasta que el cansancio impida matar más. Después & # 8230 después construir el socialismo ».

Sublevados asesinados a sangre fría en el patio del Cuartel de la Montaña de Madrid

La trayectoria de su autor fue simple: comunista desde muy joven, inteligente y decidido, fue escalando puestos en el PCE. Su labor durante la guerra le encumbró aún más llegando a formar parte de su Comité Central. En 1939 fue de los «Privilegiados» dirigentes comunistas que marcharon a Moscú, llevándose a su mujer, a su madre y a su hermana. Cuando llega a la URSS creyó haber alcanzado el nirvana, pero poco a poco, al conservar su capacidad de crítica y realismo, se fue desencantando hasta terminar odiando la ideología que había sido la razón de su vida. Por puro milagro logró salir de la URSS en 1946 pasando a residir en Méjico donde escribió sus dos únicas y estremecedoras obras autobiográficas «Hombres made in Moscú» y «Mi fe se perdió en Moscú» primero esta última y luego aquella, bien que recomendamos leerlas al contrario. Terminó por volver a España en 1964 donde a pesar de sus más que gravísimos antecedentes la tan denostada «Dictadura» del Generalísimo nada hizo contra él, muriendo en 1965.

Si realmente quieren saber quiénes y cómo fueron los dirigentes de la zona frentepopulsita, y quiénes y qué fueron los de la URSS, no se pierdan ambos libros que, les aseguramos, leerán del tirón creemos que ambos libros deben ser lectura obligada para los dirigentes, afiliados y votantes del PSOE, de Podemos, de la CUP, de Bildu y de otras gentes de mal vivir claro que debido a su cerrazón mental mucho nos tememos que de nada les iba a aprovechar.

«Hombres made in Moscú»

Un documento histórico de primera mano sobre algo de tanta importancia como la formación y actividades del partido comunista español (PCE) durante los años anteriores a 1936 y los de la guerra subsiguiente. El autor no puede estar más autorizado, pues no sólo vivió tal periodo, sino que fue protagonista más que destacado de él. Nadie mejor que él para hablar de un pasado jamás suficientemente conocido. A su condición de testimonio excepcional, «Hombres made in Moscú» une la de ser un libro escrito con rabia, dolor, esperanza, sangre y finalmente decepción. ¡Qué gran obra y qué gran lección! Enrique Castro Delgado habla en este libro con el corazón a todos los hombres del mundo. Años de reflexión son volcados en unas páginas inesperadas, terribles, escritas por alguien que ha vivido en el centro de un volcán y que tuvo el valor de dar testimonio fiel, directo y con desgarrada sinceridad de lo que vio y de lo que hizo.

Su valor es enorme, indiscutible. Habla de la ideología como sustrato nocivo del alma oscura de los hombres. Es un libro bien construido, apuntalado por el párrafo breve y contundente. Parece que cada una de las palabras va a estallarnos ante los ojos. Por él pasan todos los personajes relevantes de aquellos años, en especial los dirigentes comunistas. Pero el protagonista principal, como no podía ser de otra forma en unas memorias, es el propio Castro, que habla de sí mismo en tercera persona.

En este libro Castro aparece como un hombre concentrado en su misión, que no es otra que la de imponer los mandatos del Partido para que la guerra se lleve a cabo de una manera determinada que no es otra que despiadada. Él mismo se quita la careta y se muestra como era: brutal e impositivo en sus formas y en su fondo. Sus confesiones llegan a extremos verticales, narradas además con displicencia, lo que anula cualquier posible intento de expiación.

«Mi fe se perdió en Moscú»

El inapreciable valor documental y humano que supone «Hombres made in Moscú» se ve continuado, y si cabe superado, por «Mi fe se perdió en Moscú», el cual nos atrevemos a asegurar que constituirá un impacto para todo lector interesado en los hechos políticos, sus causas y consecuencias del «Paraíso socialista» que todavía hoy no pocos nos quieren hacer creer que fue la URSS.

«Mi fe se perdió en Moscú» es el relato de los seis angustiosos años que vivió el autor en Moscú. El título del libro ya indica su contenido y su argumento. La profunda desilusión de Castro Delgado ante lo que él creía el paraíso en la tierra, se ve reflejada en estas páginas desoladoras y terribles. El frío, el hambre y el terror, sobre todo el terror, fueron los compañeros inseparables de Castro durante todo ese tiempo llega a decir «Moscú es para mí un gran presidio y yo para Moscú un preso más» y «La URSS es un gran campo de concentración con metro y autobuses». Este es el fondo del pensamiento de Castro al final de su obra tras esos años de ir, poco a poco, dándose cuenta de lo que era, en realidad, el socialismo. Su estancia en esa enorme ciudad, grande como fría y extraña, su contacto con los otros compañeros Hernández, José Pérez, Dolores Ibarruri, Togliatti, Thorez, aparecen con terrorífica exactitud, así como su inhumanidad y miserias con todo detalle. Castro formó parte de esa nomenclatura, pero a diferencia del resto conservó siempre un poso de sinceridad y verdad que le hizo, poco a poco, darse cuenta de lo que eran realmente, al tiempo que tuvo el valor de hacer lo posible por alejarse de ellos .


Der Weg ist das Ziel.


Laut statistischem Mittelwert ist Enrique Castro Delgado bisher 150.549 Kilómetros gelaufen. Damit ist er bereits 3,7567 Mal um die Erde gelaufen. Herzlichen Glückwunsch! Das war bestimmt anstrengend.


Seine zurückgelegte Strecke entspricht in etwa 0,3916% der Entfernung Erde - Mond (384.400 Km). Nur wenige Menschen schaffen es diese Entfernung in ihrem Leben zurückzulegen. Hombre muss sehr sportlich sein um das zu schaffen. Die Anzahl an Kilometern die Enrique Castro Delgado bisher auf der Erde gelaufen ist, würde ausreichen um 13,7916 Mal um den Mond zu laufen.


Wenn Enrique Castro Delgado sein Leben auf dem Mars verbringen würde, hätte er ihn bereits 7,0534 Mal umrundet.

*) Angaben basieren auf statistischen Durchschnittswerten eines Menschen.


Sommaire

Entré au parti communiste en 1925, il est emprisonné plusieurs fois sous la dictature de Primo de Rivera. Durant la guerre civile il organic et commande le cinquième régiment, unité communiste qui joue un rôle important dans la défense de Madrid. En septiembre de 1936, il est nommé directeur général de la réforme agraire. Il participe ensuite en tant que représentant du commissariat à la guerre à toutes les dernières batailles aux côtés du général Rojo.

Après la guerre d'Espagne, il part pour l'URSS en qualité de représentant du parti communiste Espagnol auprès du Komintern. Condamné pour «divergencias», il est exclu du Komintern en 1944, il réussit à partir au Mexique où il publie deux livres, no J'ai perdu la foi à Moscou. Il meurt en Espagne en 1965.


Enrique Castro Delgado

Al rato que la comida se les había bajado un poco, mi tío Julián y mi padre volvieron al jornal. —Asómate pues a que las aves no se coman la copra, Julián ofrece mi padre sin pararse de la hamaca. —No puedo, parna —respondió mi tío sin pararse de la hamaca. —¿Cómo no vas a poder, pues? —Insistió el hermano mayor desde la hamaca, tranquilo pero bravo: los de la costa (en realidad no sé si es mi familia o serán los de la costa, o será más bien la cosa de crecer sin un papá) valoramos el rango de Hermano Mayor como no tienes una idea. —Ando cazando un mango oferta Julián. —Qué mango vas a cazar. Están todos verdes. —Uno habrá. Papá miró la copa del árbol por si acaso sus ojos miopes notaban un fruto maduro entre las ramas. Qué iba a haber: faltaba todavía medio mes para sazón. Se podía cosechar uno verde con la canasta (una vara de dos metros y medio con naza de caña seca en uno de los extremos: la levantas, la atoras en el fruto, lo jalas desde el piso y cae sin daño en la naza) y comerlo troceado con chile y limón.

La mayoría aparecen como fragmentos de sonido, mientras que este es un libro completo y un recurso exhaustivo. Merece ganar ese premio. Excelente libro Este es EL libro para seguir con una mujer. La mayoría de las otras guías sexuales no cubren la gran cantidad de terreno que cubre el autor, y aunque sabía una buena cantidad de anatomía, aprendí mucho sobre cómo usar la boca y las manos. Es una lectura esencial para los hombres que quieren saber exactamente cómo hacer que las mujeres se corran y qué sucede fisiológicamente cuando lo hacen. Además, las secciones sobre el uso de trucos adicionales con el cunnilingus como vendas para los ojos, juguetes sexuales, fantasías y cosas avanzadas lo convierten en un libro que sigo usando. Y es una gran escritora joven que aporta un soplo de aire fresco y un sentido inteligente del estilo al mundo de la escritura sexual. Gran libro Publicado por el usuario, hace 18 años Mi esposo y yo hemos pasado el último mes explorando La guía definitiva para el cunnilingus. ¡Me encanta! Lo encontré excepcional por su profundidad y cobertura. Me ha decepcionado mucho que pocos recursos cubran el sexo oral (o cualquier acto sexual específico que no sea el coito regular) con profundidad.

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Enrique Meneses: en la frontera de la historia

La imagen de la portada del 19 de abril de 1958 de Partido de París es sin duda uno de los más importantes y, sin duda, uno de los más famosos. Los editores de la revista, que en ese momento estaba dirigida por Herv & eacute Mille, habían decidido publicar una foto inquietante: en la foto aparece un pistolero con barba y gafas en uniforme de combate sosteniendo su brazo en alto, se muestra apuntando una pistola fuera de tiro mientras un denso grupo de árboles enmarca su figura. Los lectores aprendieron rápidamente que el escenario era la Sierra Maestra de Cuba. ¿Y el hombre? & ldquoFidel Castro, & rdquo un subtítulo más explicado, & rdquo; El Robin Hood de la Sierra & rdquo.

Si bien hoy puede parecer una descripción discordante, particularmente para una figura que se convertiría en un Castro tan infame, y la rebelión que él y el Che Guevara habían encabezado durante seis años, eran prácticamente desconocidos para muchos en Europa. De hecho, para algunos lectores, la explicación podría haber tenido sentido: esta figura parecía una especie de francés maquisard, un guerrillero que tal vez espera tomar del dictador cubano Fulgencio Batista y dárselo a la gente común. La portada de la revista & # 8211 que formó parte de un ensayo fotográfico más grande & # 8211 iba a ser la primera mirada en profundidad a la revolución cubana, y tener a Castro en la portada resultó ser una primicia para Fósforo.

Pero, por supuesto, las primicias no son fáciles. El ensayo & # 8211 rodado en 1957 y 1958 & # 8211 fue obra de un fotógrafo madrileño que se había arriesgado mucho para sacar las imágenes. Se llamaba Enrique Meneses y era tan apasionado del periodismo como ansioso por encontrar historias. En ese momento, era un desconocido a nivel internacional, pero era ágil con una lente y tenía la habilidad de estar en el lugar correcto en el momento correcto.

La menstruación había sido enviada a una Cuba que languidecía bajo el duro gobierno de Batista. Al desembarcar en régimen espía acribillado a La Habana, el español pasó semanas intentando ponerse en contacto con los revolucionarios, que tenían su base en las faldas de la Sierra Maestra. A través de encuentros casuales, finalmente encontró a alguien que lo llevara a la zona ocupada por los rebeldes. Pero obtener acceso fue solo el comienzo. Después de pasar un mes filmando, tuvo que encontrar la manera de devolver las imágenes a sus editores. Sus contactos lo pusieron en contacto con una simpática joven, que sacó de contrabando su película de Cuba a Miami en enaguas, desde donde fue enviada a Europa. Y había más: cuando finalmente se publicó el ensayo, la policía cubana arrestó y golpeó a Meneses. Pero eso no lo disuadió. El ensayo marcó solo un punto culminante en una carrera llena de trabajos bien considerados, que solo llegó a su fin con su muerte en 2013.

Nacido en una familia española que se había trasladado a París, su padre, Enrique Meneses Sr., era editor de la revista Cosmópolis. Meneses, el joven, tenía el periodismo en las venas desde el principio y, habiendo alcanzado la mayoría de edad en la España gobernada por Franco, estaba ansioso por escapar de sus garras.

& # 8220 Era inquieto, curioso y cosmopolita & # 8221, dice Gumersindo LaFuente, periodista afincado en Madrid y colaborador de Enrique Menses: un reportero y la vida de # 8217 (La F & aacutebrica 2013). & # 8220 Esto lo sacó de España, que estaba encerrado sobre sí mismo. & # 8221

Y si su país miraba hacia adentro, él miraba hacia afuera. A lo largo de su carrera, cubrió todo, desde la Marcha en Washington & # 8211 donde produjo imágenes memorables de Martin Luther King & # 8211 hasta la Crisis de Seuz, y desde los conflictos en Zimbabwe (entonces Rhodesia) hasta Angola. Imaginó a políticos, miembros de la alta sociedad, artistas, manifestantes y miembros de la realeza, y su trabajo aparece regularmente en LIFE y el New York Veces.

El estilo de Meneses & # 8217 era una especie de no estilo: rara vez usaba un flash o un teleobjetivo, y tendía a mantener su encuadre simple. Un empirista hasta el final, fue un verdadero documentalista autodidacta, su cámara un transmisor de lo que encontró, no de lo que quería ver. Su vocación era la vida misma.

& # 8220 El periodismo se trata de ir, escuchar, ver, volver y decirle a alguien & # 8221 Meneses dijo en una entrevista de 2012 con la revista Babylon, & # 8220 La Universidad de Periodismo son las calles & # 8221.

Richard Conway es reportero / productor de TIME LightBox. Síguelo en Twitter @RichardJConway. Anteriormente ha escrito para LightBox sobre Erwin Olaf, Gary Winogrand, Ezra Stoller y Peter Hujar.


Enrique Castro Delgado: sin fe, perdido y preterido

Hace poco una amiga me preguntaba por teléfono, a modo de treno —lo de 'treno' es, por supuesto, una exageración para que quien no conozca esta palabra, la busque en el diccionario—, que por qué cuando publico en las redes sociales esas fotos recomendando libros, no explico la razón por la que los recomiendo. Mi respuesta fue breve: porque quiero que baste con mi palabra para que la recomendación se tome en cuenta. ¿Osada pretensión por mi parte? Probablemente, pero así vengo haciéndolo desde hace años —supongo que no con demasiado éxito. Esas fotos a las que se refieren a mi amiga suelo encabezarlas con «Grandes libros y escritores que recomiendo. Por Michael Thallium », y a continuación el título del libro, el nombre del autor y de la editorial al lado de la foto del libro de que se trate. Es verdad que alguna vez he escrito algún artículo al respecto de alguno de esos libros que recomiendo, pero, por lo general, me basta con la foto.

Sin embargo, mi amiga, la del treno por mí exagerado —segunda oportunidad para que quien no conozca la palabra, la busque—, me dejó caer que en el caso de uno de los últimos libros por mí recomendado debería explicarlo para que la gente lo supiera. Se refería ella a Mi fe se perdió en Moscú, de Enrique Castro Delgado. Confieso que de Castro no había leído nada hasta hace unas semanas. A pesar de que es uno de los autores de los que habla Andrés Trapiello en Las armas y las letras —Otro de los que recomiendo, por cierto—, para mí no era más que un nombre y poco más. La casualidad hizo que, al recibir el catálogo de la editorial Renacimiento con libros al 50% de descuento en agosto de 2020, me fijara en Mi fe se perdió en Moscú —Y otros cuantos más que finalmente compré, lo confieso. Dada mi vergonzante bibliomanía y mi economía maltrecha, no podía dejar pasar la oferta.

Pero vayamos al asunto a fin de satisfacer la petición de mi amiga y dar en el busilis —otra palabra para que la busque quien no la conozca no habrá segunda oportunidad, lo prometo. ¿Por qué recomiendo el libro de Enrique Castro Delgado? Por una razón muy sencilla: porque estuvo condenado a decir la verdad sin que le creyeran. El libro narra los siete años que pasó en la U.R.S.S. desde 1939, año en que se exilió, hasta 1945, año en que logró salir de allí tras penurias, muchos impedimentos y obstáculos. Castro había sido primer comandante del mítico 5.º Regimiento y gozó del respeto de los izquierdistas, incluso de los comunistas —fue miembro del PCE y secretario del Secretario General José Díaz— hasta que dejó de serlo por darse de bruces con la realidad del socialismo y del comunismo que su mujer, Esperanza Abascal, resume en una reveladora y genial frase al abandonar la Unión Soviética en 1945: un inmenso campo de concentración con tranvías, con trolebuses, con autobuses y un Metro con mármoles de todos los rincones del mundo. ¡Una gran mentira!

Su calvario comenzó cuando, después del suicidio de José Díaz —suicidio ocultado y maquillado por la Komitern y el PCE—, Dolores Ibárruri se hizo con la secretaría general del PCE. En el relato de Castro, no quedan en muy buen lugar ni Ibárruri ni Francisco Antón —a la sazón su amante— ni «Irene Toboso» —Irene Falcón, secretaria personal de Ibárruri— ni Enrique Líster ni muchos otros dirigentes comunistas de la época. Literalmente, Castro fue preterido, borrado y maldito en el PCE y no llegó a ser eliminado físicamente estando en la U.R.S.S. por quién sabe qué suerte del destino. No obstante, después de haber leído el libro, no sé yo si su muerte en Madrid, en 1965, fuera realmente por causas naturales.

Castro nunca renunció a sus ideas de justicia social. Fue ateo, antifranquista y se volvió anticomunista. Sus antiguos correligionarios jamás se lo perdonaron… porque dijo la verdad sobre la gran mentira. Luego, durante la Transición muchos de aquellos exiliados comunistas, tras casi cuarenta años, regresaron a España y «blanquearon» su pasado como el de tantos otros. Castro pidió perdón por los crímenes que cometió durante la Guerra Civil. Lo expresó atormentado en un poema fechado el 12 de agosto 1956:

Penitencia
¡Quién supiera rezar
para rezaros!
Y descargar con ello mi alma
de pecados.

Perdonadme… ¡Muertos!
si es que no os muerde el rencor,
pues lo mío es lo peor…
Es un vivir sin vivir
a solas con mi conciencia
¡Que es mi mayor penitencia!

Por eso, a quienes se exaltan, tanto por la izquierda como por la derecha, con esa popularmente conocida como Ley de Memoria Histórica, les recomiendo que lean el libro y lo enjuicien con pensamiento crítico para sacar sus propias conclusiones… ¡Ay del pensamiento crítico en 2020! Esto sí que es un treno —última oportunidad para buscar su significado.

Ya lo dije en otra ocasión. Jorge Santayana escribió en La vida de la razón que «aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo». En realidad no escribió eso, sino su versión inglesa (Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo.), porque este gran filósofo español, curiosamente, escribió toda su obra en inglés.

Transcurrido desde entonces más de un siglo, ahora yo, en 2020, escribo:

Quienes no conocen la Historia, están condenados a repetirla, y quienes conocen y se empeñan en cambiarla, la repiten igualmente.

Es la actitud, no el conocimiento. El olvido no es traición ni el recuerdo fidelidad.

Michael Talio

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Enrique Castro Delgado

Enrique Castro Delgado (1907-1965). Madrileño. Obrero metalúrgico. Detenido varias veces durante la República y apalizado. En la guerra fue el responsable de la represión en Madrid durante los primeros meses. Primer comandante-jefe del 5º Regimiento de Milicias Populares, director de Reforma Agraria, Subcomisario General de Guerra. En 1939 se exilió en la U.R.S.S. Fue responsable de la emigración española en suelo ruso, secretario de José Díaz, dirigente máximo del P.C.E. y director de Radio España Independiente, La Pirenaica. Renegado del comunismo, marchó en 1945 a México junto a su mujer, Esperanza Abascal, y su cuñado Alejandro. Allí publicó sus dos libros de memorias, Mi fe se perdió en Moscú y Hombres made in Moscú, en el que confesó sus crímenes durante la República y la guerra. También dio a la imprenta recopilaciones de sus artículos en la prensa: S.O.S al mundo libre, Defendamos nuestra civilización amenazada y ¿Conoce a sus enemigos ?: problemas de nuestro tiempo. Regresó a España con permiso de Franco y trabajó a las órdenes de Manuel Fraga en la Oficina de Enlace de su ministerio. Murió en Las Rozas.

Mi fe se perdió en Moscú

Las memorias soviéticas de un renegado del comunismo que confesó sus crímenes durante la República y la Guerra Civil.


Mis 60 años de decepción con Fidel Castro

“La historia me absolverá”, declaró el líder cubano. Puede que no.

CIUDAD DE MÉXICO - Tenía 11 años cuando me enteré del triunfo de la Revolución Cubana por la madre de un amigo de tendencia marxista. “Finalmente, se hará justicia: todos pueden ser pobres, pero iguales”, dijo. En ese momento, era difícil predecir que Fidel Castro se convertiría en uno de los hombres más influyentes del siglo XX.

La Revolución Cubana inspiró conciencia política en casi todos los escritores, activistas e intelectuales de mi generación. Nuestros profesores universitarios, contemporáneos de Castro, vieron en él la reivindicación definitiva de “Nuestra América” frente a la otra América arrogante e imperialista. Los suplementos literarios y revistas que leímos - de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes - celebraron la Revolución no solo por sus logros económicos y sociales, sino también por el renacimiento cultural que marcó el comienzo.

Pocos de nosotros estábamos alarmados por la abierta adopción del comunismo por parte de Castro, que proclamó en 1961. La muerte del Che Guevara en 1967 avivó aún más la llama del idealismo revolucionario. En 1968, algunos de nosotros seguimos con entusiasmo el programa de "socialismo con rostro humano" de Alexander Dubcek en Checoslovaquia. Cuando nuestro movimiento se enfrentó a los tanques del ejército mexicano en agosto de 1968, escuchamos que los tanques soviéticos habían llegado a Praga y que Castro apoyó la invasión. Cuando el gobierno mexicano reprimió el movimiento estudiantil en octubre, mi generación se radicalizó decisivamente.

A principios de 1969, cuando el joven Jan Palach se prendió fuego en la plaza Wenceslao para protestar contra la invasión soviética, escribí un artículo que vinculaba el espíritu libertario de París en 1968 con el sacrificio de ese héroe de la Primavera de Praga. Así llegó a su fin mi primera década con Castro: había pasado del entusiasmo al desilusión.

Por atreverse a oponerse públicamente al curso autoritario y dogmático que había tomado la Revolución, el poeta encarcelado Heberto Padilla se vio obligado a entregar un comunicado de autocrítica en 1971. Varios escritores firmaron un par de cartas de protesta, pero faltaba un nombre llamativo: Gabriel García Márquez. Como estudiante universitario, seguí la situación con interés. Se anticipó a la división de la izquierda intelectual, entre democráticos y autoritarios, pero los primeros fueron siempre minoritarios: apartarse de la Revolución significaba oponerse a la verdad, la razón, la historia, la moral, el pueblo.

Iberoamérica puede haber comenzado a distanciarse de Castro, pero estaba lejos de romper con él. Una excepción fue Octavio Paz. "Soy amigo de la Revolución Cubana por sus influencias de Martí, no de Lenin", escribió el poeta mexicano y premio Nobel en 1967. Paz fundó la revista Vuelta que lideró la disidencia intelectual en español contra el totalitarismo del bloque soviético. y del cual fui subdirector. Aunque Paz criticaba al Partido Revolucionario Institucional de México y era tan inflexible con las dictaduras militares sudamericanas como con la España de Franco, para sus detractores se había convertido en "de derecha".

Es cierto que no fue fácil criticar a Cuba. En México, la revolución podría idealizarse porque el país no experimentó movimientos guerrilleros de la escala de los de Colombia, Perú, Nicaragua y El Salvador. Un pacto tácito entre los dos países se formó en 1962, cuando el gobierno se negó a romper los lazos con La Habana. Desde entonces, México ha servido como un canal secundario para la comunicación con Estados Unidos, a cambio, Castro se abstuvo de apoyar a las guerrillas.

Los que criticamos el autoritarismo remamos contra la corriente: estábamos contra las dictaduras de la derecha, contra la dictadura cubana, contra los movimientos revolucionarios que favorecía y contra la “dictadura perfecta” de la P.R.I., como la llamó Vargas Llosa.

Mi ruptura final con Fidel Castro ocurrió cuando su gobierno estaba en su tercera década. En 1980, cientos de personas irrumpieron en la embajada peruana en La Habana en busca de asilo. Poco después, más de 100.000 cubanos salieron del puerto de Mariel rumbo a Estados Unidos, revelando una fractura en la utopía de Castro.

Entre ellos se encontraba el escritor Reinaldo Arenas, quien había sufrido de primera mano la persecución del régimen contra los homosexuales. Y así como la Vuelta había dado voz a los disidentes de Europa del Este, comenzamos a publicar a los disidentes cubanos, especialmente a Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante.

En diciembre de 1988, Castro asistió a la toma de posesión del mexicano Carlos Salinas de Gortari, cuya elección se consideró en general fraudulenta. El viejo pacto con la P.R.I. se sostuvo incluso en el 35 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana, cuando estalló la rebelión zapatista en Chiapas el 1 de enero de 1994, encabezada por un avatar posmoderno del Che Guevara, el subcomandante Marcos. “Habla demasiado de la muerte”, amonestó Castro.

México celebró sus primeras elecciones libres en 2000. Castro asistió a la inauguración y recepción de Vicente Fox en el Castillo de Chapultepec el 1 de diciembre. Fue la única vez que lo conocí. Ese día mantuvo una animada conversación con Hugo Chávez, a quien consideraba un alma gemela. A través de él, Castro finalmente pudo realizar un sueño de larga data: el acceso preferencial al petróleo venezolano que podría sacar al país de su peor década hasta ahora. En un discurso de 1999 en La Habana, Chávez profetizó que Venezuela alcanzaría el mismo “mar de felicidad” en el que navegaba Cuba.

Visité Cuba en julio de 2009 y me cautivó su belleza natural y el ingenio y la calidez de su gente. Al costado de la carretera, una niña de 12 años agitó una bolsa de queso que estaba vendiendo por un dólar. "Está prohibido", me dijo el conductor. El país vivía sin ese invento milenario: el mercado. El tiempo parecía haberse detenido.

En La Habana Vieja compré “Geografía de Cuba”, del historiador Leví Marrero. Bellamente ilustrado con mapas, fotografías y gráficos, fue una revelación: antes de la Revolución, Cuba tenía una economía rica y diversificada. En 1957, Cuba tenía alrededor de 6.000.000 de cabezas de ganado, muy por encima del promedio mundial per cápita. En estos días, las vacas son tan escasas que matar a una conlleva una pena de prisión de varios años. No hace mucho tiempo, para poder comer carne de res legalmente, los agricultores la sacrificaban “accidentalmente” atándolas a las vías del tren.

En una evaluación de la Revolución Cubana en 2015, contrasté las profecías y promesas con el mito y la realidad. Sin minimizar los enormes avances en salud y educación, recordé lo que han demostrado varios historiadores marxistas: Cuba ya era uno de los países más avanzados de América Latina en 1959.

También destaqué la responsabilidad histórica de Estados Unidos en la saga cubana, y celebré el giro diplomático impulsado por el presidente Barack Obama en 2014, anticipándome al fin del embargo. Desafortunadamente, el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha empañado cualquier posibilidad de conciliación, lo que ha aislado aún más a Cuba y perpetuado el castrismo.

Venezuela atraviesa un colapso económico, una agitación social y una crisis humanitaria sin precedentes en la historia de América Latina. El fracaso de ambos regímenes debería haber puesto fin a la era de Fidel, sobre todo cuando ya no está vivo, pero el Comandante sigue vivo. Al enterarse de la muerte de Castro el 25 de noviembre de 2016, Andrés Manuel López Obrador, ahora presidente de México, apenas pudo contener las lágrimas y comparó a Castro con Nelson Mandela. No hay duda al respecto: seis décadas después, todavía existe una gran reverencia por el hombre fuerte.

Seis años antes de su triunfo, después del asalto al cuartel Moncada en julio de 1953, Castro declaró: "La historia me absolverá". Eso ya no es algo seguro. La conciencia de la libertad despierta tarde o temprano cuando se enfrenta a los evidentes excesos de los gobernantes autoritarios. Si la historia examina su lamentable legado a través de esa lente, es posible que no lo absuelva.

Los historiadores e intelectuales latinoamericanos tienen la palabra. Con pocas excepciones, se han negado a ver el fracaso histórico de la Revolución Cubana y el dominio opresivo y empobrecedor de su patriarca. Pero la lamentable situación en Venezuela, con Cuba como muleta, es innegable y la realidad cubana será cada vez más difícil de soportar. Ésta ha sido la década de Lenin. Quizás el próximo pertenezca a Martí.

Enrique Krauze es un historiador mexicano, editor de la revista literaria Letras Libres y autor de "Redentores: Ideas y poder en América Latina". Este artículo fue traducido del español por Erin Goodman.


Enrique Delgado Castro - Historia

Metalúrgico y periodista español. En 1925 ingresó en el Partido Comunista de España y en 1932 formaba parte del Comité Provincial del PCE de Madrid. Miembro del Sindicato Metalúrgico El Baluarte de la UGT y afiliado a las Juventudes Socialistas de Madrid.

En 1936 comenzó a trabajar en la redacción de Mundo Obrero encargado de la información laboral, donde a veces firmaba con el seudónimo de Alberto Monroy.

Al comenzar la guerra civil participó en la creación del Quinto Regimiento del que fue su primer comandante. Posteriormente fue Director General de Reforma Agraria cuando Vicente Uribe se hizo cargo del Ministerio de Agricultura en septiembre de 1936. Miembro del Comité Central del PCE desde marzo de 1937. También fue subcomisario general de Guerra.

Salió de España rumbo a Francia en marzo de 1939 y de allí se trasladó a la URSS para incorporarse a la Internacional Comunista como representante del PCE. Utilizó el nombre de Luis Díaz y fue secretario político del secretario general del PCE, José Díaz y director de Radio España Independiente, Estación Pirenaica. En 1944 fue separado del Comité Central del PCE y de su trabajo en Radio España Independiente.

Consiguió salir de la URSS llegando a México el 29 de diciembre de 1945 procedente de Estados Unidos. Llegó a convertirse en anticomunista publicando obras de crítica del comunismo: La vida secreta de la Komintern: cómo perdí la fe en Moscú (Madrid, 1950) y Hombres made in Moscú (México, 1960).

En México junto a Jesús Hernández crearon el Movimiento de las Círculos de Acción Socialista que editó la revista Democracia, de la cual fue director. También rompió con Jesús Hernández por el apoyo de este último a la Yugoslavia del Mariscal Tito. Pasó entonces a publicar el periódico El Español.

Regresó a España en septiembre de 1963. Colaboró en el diario católico "Ya" con el seudónimo Jorge Manrique. Falleció en Madrid el 2 de enero de 1965.


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